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LA DIABLADA: TRADICIÓN QUE TRASCIENDE

Por: Mauro Canales

La diablada, una danza cuya práctica se da en la región de Puno, representa la lucha entre el bien y el mal, exhibiendo los elementos de la religiosidad autóctona y cristiana.

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Historia:

En 1577, los jesuitas se establecieron en Puno, donde se realizaban festividades, funciones teatrales y actividades artísticas, organizados por los aimaras como medio de entretenimiento.

La festividad de la Virgen de la Candelaria, sería la principal en presentar a “La Diablada”. Esto se debe a una leyenda popular de la región. En 1675, cerca a la mina Lakaikota, el español José Salcedo mandó a destruir la casa de los mineros, sin embargo, decidió retirar su mandato ya que vieron a la Virgen María luchando contra el diablillo que acechaba en la mina. Por ello, nace el culto a la Virgen de la Candelaria.

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Las vestimentas presentaron varios cambios desde su fecha de origen, como las máscaras que eran de yeso y los cabellos que estaban hechos de costales de bayeta. Los personajes fueron incorporando características de los diablos europeos, como colas y un tridente. Las presentaciones se daban en fechas importantes para la Iglesia católica.

 

Coreografía:

La danza hace representación de la lucha entre el bien y el mal, sometiendo a los diablos, quienes bajo el mando del arcángel, a desarrollar una alegre y llamativa coreografía. La riqueza de sus movimientos presentan majestuosidad, resaltando las cruces, figuras y máscaras durante el baile.

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Al finalizar, los danzantes se quitan la máscara y realizan el cacharparyo con pasos corridos y trotes que se bailan al compás de un huayno, culminando con la danza.

 

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